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jueves, septiembre 14, 2006

A 5 años del 11-S, retroceso de Bush en AL (Raúl Zibechi)

Cinco años después de los atentados del 11 de septiembre, la superpotencia capitaneada por George W. Bush vive el momento de mayor aislamiento y debilidad en América Latina. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dejó de ser el factor preponderante en la política continental, a tal punto que hoy podemos decir que una suerte de multilateralismo regional se ha instalado en el continente. Brasil es el principal contrapeso de Washington en la región, pero no debe subestimarse la creciente importancia de países como Argentina y Venezuela, e incluso el México posterior a Fox, como nuevos factores de poder.

La lista de sucesos adversos al Consenso de Washington desde esa fecha es la muestra más palpable de que una nueva situación está cuajando en América Latina. Los movimientos sociales siguen siendo el factor más dinámico, acompañados ahora de una serie de gobiernos progresistas o de izquierda que, pese a sus titubeos, configuran la nueva realidad.

En diciembre de 2001 una potente insurrección popular y de las clases medias barrió al gobierno de Fernando de la Rúa, y la continuidad de la acción social arrinconó a su sucesor, Eduardo Duhalde. En 2002 y 2003, gracias al activismo de base fue posible revertir un golpe de Estado contra Hugo Chávez y el paro petrolero que pretendía aniquilar a su gobierno. El desgaste del neoliberalismo permitió el acceso de Luiz Inacio Lula da Silva al gobierno, y en octubre de 2003 un impresionante movimiento indígena y obrero terminó con el represivo y neoliberal gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada en Bolivia. Ya en 2005, la continuidad de la movilización social forzó la renuncia de su sucesor, Carlos Mesa, y el aplastante triunfo electoral del dirigente cocalero Evo Morales. Ese mismo año triunfaba la izquierda en Uruguay, desplazando por primera vez a los partidos tradicionales del control del aparato estatal.

En Ecuador, pese a la traición del gobierno encabezado por Lucio Gutiérrez, los movimientos impidieron la consolidación de las tendencias neoliberales y consiguieron, en los primeros meses de 2006, impedir la firma de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Incluso en Colombia, el país más afín a Estados Unidos en todo el subcontinente, los avances de las fuerzas populares son innegables: la guerrilla no fue derrotada pese al despliegue del Plan Colombia, y una fuerza electoral de izquierda consiguió romper el tradicional bipartidismo. En Perú, pese a la derrota del candidato nacionalista Ollanta Humala, la potencia de los sectores populares está poniendo límites al alineamiento del nuevo gobierno de Alan García con Estados Unidos.

Aun en Chile, que ya había firmado un TLC con Washington a finales de los años 90, el gobierno de Michele Bachelet enfrenta la reactivación de movimientos como el estudiantil, que cuestiona ejes de la política neoliberal como el abandono de la enseñanza pública. Paraguay es quizá el país de Sudamérica donde más ha avanzado la política militarista de Bush.

Los sucesos recientes en México representan un cambio formidable. La amplia y masiva movilización ante el fraude electoral contra Andrés Manuel López Obrador muestra una nueva conciencia democrática que habrá de limitar las tendencias derechistas del futuro presidente Felipe Calderón. Sin embargo, el factor decisivo es que la insurgencia zapatista ya no está sola: la "comuna" de Oaxaca, como se ha dado en llamar al vigoroso movimiento desarrollado en ese estado contra las corruptas autoridades locales, anuncia un punto de inflexión en la política mexicana. En efecto, la irrupción de amplios sectores de la población cuestionando no sólo la forma como se ejerce la administración sino al mismísimo poder estatal, señala que se está llegando a un momento de crisis política y del modelo de dominación, que habrá de tener hondas consecuencias en el futuro inmediato.

Pero quizá lo más notable sucedió en noviembre de 2005 en Mar del Plata, durante la Cumbre de las Américas. Allí los países del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) más Venezuela enterraron definitivamente el ALCA, que había sido el modelo de relación entre Estados Unidos y el resto del continente diseñado por la Casa Blanca. Es cierto que a partir de ese momento la administración Bush emprendió una potente ofensiva para la firma de acuerdos con varios países. Pero los decisivos de la región (Brasil y Argentina) han dado pasos significativos para revertir la situación de estancamiento y crisis del Mercosur.

En estos cinco años se han consolidado dos tendencias que ya se anunciaban desde años atrás, pero que ahora cobraron fuerte impulso. La lista de gobiernos adversos a Washington se ha ampliado, así como la de los gobiernos que toman distancia de las políticas de Bush y de los organismos finacieros internacionales. Hoy Cuba está menos sola que nunca y una agresión de Estados Unidos a la isla debe contar con la segura y firme oposición de la mayor parte de los países latinoamericanos. Pero también está más segura Venezuela, no sólo por el fortalecimiento de su posición interna, gracias a la consolidación del proceso bolivariano y la capacidad de Hugo Chávez de tejer una multiplicidad de alianzas a escala global, sino también por la decidida actitud de países como Brasil, Argentina y Bolivia en su apoyo.

Países como Brasil, y en menor medida Argentina, comenzaron a desafiar al imperio en un terreno tan delicado como el enriquecimiento de uranio. Recordemos que gracias a las políticas neoliberales de los años 90 esos países desarticularon o paralizaron sus planes nucleares. La política de autonomía y cooperación militar entre Brasil y Argentina, sus posiciones conjuntas frente a los cambios que reclaman en el FMI y ante la dinamización del comercio y la cooperación Sur-Sur y, en poco tiempo, la creación de una nueva moneda que sustituya al dólar para el comercio regional, son los más destacados emergentes de una nueva realidad regional.

Por último, lo más decisivo. Los movimientos sociales de la región no han sido derrotados y mantienen su capacidad de acción intacta, aun cuando el discurso progresista y los planes focalizados hacia los pobres les han creado dificultades serias. Nada indica que la oleada de activismo de base iniciada a mediados de los años 90 se haya colapsado. Por el contrario, fue esa oleada de movilizaciones la que permitió deslegitimar el modelo neoliberal y generó las condiciones para que naciera un nuevo mapa político en cada país y en la región. No es cierto que esta nueva situación se haya creado por el "abandono" de Estados Unidos de la región, por estar focalizado en Medio Oriente y Afganistán. Eso sería tanto como mirar el mundo desde arriba. Y lo cierto es que abajo, en la base de nuestras sociedades, está creciendo una nueva conciencia, a la cual no le hizo mella la "guerra contra el terrorismo" de Bush desatada en estos cinco años.

http://www.jornada.unam.mx/2006/09/14/026a1pol.php





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