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jueves, julio 26, 2007

Migrantes a merced de la esperanza (Junio 2006)

[Me encontré con este artículo y me parecio una narrativa bastante completa de una travesía inmigrante típica, con mucha información básica que yo no sabía... --c]

En la última década se han visto un aumento en el número de familias que se arriesgan a cruzar por el desierto para llegar a los Estados Unidos.

En la última década se han visto un aumento en el número de familias que se arriesgan a cruzar por el desierto para llegar a los Estados Unidos.

Samuel Murillo/La Voz


Por Valeria Fernández y Samuel Murillo
La Voz de Arizona
Junio 7, 2006

Esperanza en el Altar

Antonia Campos de las Casas supo que estaba embarazada la primera vez que trató de cruzar el desierto en febrero. Sintió que desfallecía cuando un calor febril se apoderó de su cuerpo. A fines de mayo se pasea en el amplio corredor de la casa de huéspedes “Las Palmas”, en Altar, Sonora. Esperando que llegue la hora en que venga a buscarla un “pollero” contratado por 25 mil pesos (dos mil 500 dólares) para cruzar una vez más la frontera, Antonia conversa con otros migrantes que comparten el mismo sueño: Llegar al norte. En la última década, el pueblo de Altar se ha convertido en un imán para migrantes provenientes de diferentes partes del interior del país y de extranjeros que buscan aventurarse en una travesía que muchas veces se torna en tragedia. “Mucho me han contado que es más importante que un hijo nazca allá y le den seguridad”, dice Antonia, de 17 años. En un instante se ilumina su rostro pensando en una vida con su esposo José cuando lleguen a San Louis, Missouri. El “coyote” que va a cruzarlos le aseguró que sólo caminarán un par de horas y que no hay peligro. Todavía no piensa en un nombre para su niño, pero antes de salir de Paracho, Michoacán, encomendó su vida y la de su hijo a la Virgen de Magdalena. Altar: Un trampolín Altar es actualmente el penúltimo rincón del lado mexicano a donde llegan diariamente cientos o miles de migrantes, para afinar los últimos detalles del viaje hacia la “tierra de las oportunidades”. Localizado en el estado mexicano de Sonora, a unos 100 kilómetros de la línea fronteriza con Estados Unidos, el pueblo se ha convertido en una “mina de oro”, donde cotidianamente se lucra con la necesidad y se juega con la vida de miles de migrantes mexicanos y extranjeros. El municipio se encuentra enclavado sobre la carretera federal número dos, la única vía terrestre que conecta a la República Mexicana con los estados del noroeste del país, y es un paso obligado para quienes buscan cruzar a Estados Unidos por Arizona y California. El viaje de las familias que llegan a Altar por lo general se inicia días antes, en una estación de autobuses en Chiapas, Chihuahua o Guerrero. Para otros en un aeropuerto con destino a Hermosillo, Sonora, de donde salen autobuses que se detendrán en la plaza central de Altar donde los esperan traficantes listos para hacer una oferta de viaje. El trayecto hacia el pueblo se lleva aproximadamente dos horas y media. Antes de llegar hay un letrero que fue modificado para leer: “Bienvenido A...saltar”, con cierto sentido del humor de gente de la zona. Con ese anuncio se resume la vida en Altar. Sobre la carretera, desde muy lejos se alcanza a observar la imponente iglesia católica del pueblo. El edificio religioso data de 1886 y a pesar de las remodelaciones que ha tenido aún conserva una gran parte de su arquitectura original. La iglesia se encuentra enclavada en una plaza con un quiosco y bancas donde convergen los migrantes deportados y aquellos que intentarán cruzar por vez primera. En Altar, los migrantes sostienen un 80 por ciento de la economía, dice el padre Prisciliano Peraza, aunque para el presidente municipal, Francisco Hernández Negrete, la cifra es exagerada, ya que según él solamente un 50 por ciento de la economía proviene del fenómeno migratorio. Lo cierto es que muchos, incluyendo a las propias autoridades, se benefician de los migrantes. Una “mina de oro” En los alrededores de la plaza pululan decenas de comercios de todo tipo, destacándose los que venden tarjetas para llamadas telefónicas y puestos de venta de mochilas para equipaje y otros accesorios útiles para aguantar el clima durante la caminata por el desierto. A un costado se encuentra el estacionamiento de las camionetas tipo van que llevan a los migrantes hacia El Sásabe por 100 o 200 pesos (10 a 20 dólares) por persona. Antes de ingresar a la ruta Altar-El Sásabe hay una caseta de peaje donde hay que pagar 35 pesos (3.5 dólares) por vehículo para pagar por el raspado de la terracería. El dinero va a los bolsillos de una persona de nombre Jesús Salazar, subcontratado por el Municipio de Altar. El alcalde Francisco Hernández desestima la ganancia que obtiene el municipio de esta concesión. “Es irrelevante la suma”, sostiene sin precisar el monto. Conductores y traficantes de humanos trabajan en equipo para obtener el mayor lucro posible, cobrando más de la cuenta por el transporte, dice el padre Prisciliano Peraza. El control de las vans está en manos de presuntos concesionarios afiliados a los sindicatos, y solamente pagan al Municipio es por el “uso de piso”, dice el alcalde, quien dejará el cargo en septiembre próximo al vencer su trienio. El negocio de transporte para migrantes ha proliferado de la mano de la migración. Se calcula que hay más de 150 camionetas que a la vista de las autoridades trabajan para organizaciones dedicadas al tráfico de humanos. Si los migrantes tienen suerte pasarán una noche en una de las 80 a 150 casas de huéspedes que proliferan en el pequeño pueblo de 7 mil habitantes, unos 15 mil contando la población flotante. En los hospedajes duermen hacinadas hasta 80 personas por cuarto en camas que tienen por colchón sólo una alfombra vieja y gastada por los sucesivos usos. Los cuartos miden aproximadamente 12 pies por 8. En el popular “Hospedaje Lupita” las paredes rojas desquebrajadas oscurecen un cuarto común donde se alinean literas de tres pisos, arrimadas unas de otras. Un teléfono azul permite que la gente reciba llamadas de larga distancia, hasta de Centroamérica. El aire en el cuarto es denso por la multitud de personas, unos duermen y otros se juntan en el patio a esperar. Algunas de estas casas han sido clausuradas por las autoridades de salubridad del área, aunque difícilmente la policía local u otra autoridad ingresan a estos hostales si no tienen algún tipo de denuncia, explica Santiago Góngora Romero, director de la Policía Municipal. El costo por noche en las casas de huéspedes varía de entre 40 y 60 pesos. “No pueden cobrar más porque entonces se elevarían a nivel de hotel y tendrían que pagar otros permisos ante el gobierno”, comenta el padre Prisciliano. El número de hoteles también aumentó de dos a 15 en menos de una década. El precio ahí es de entre 100 a 600 pesos, dependiendo la calidad del lugar. Más familias se arriesganCon un plato con frutas sobre la falda Candelaria Rivera se apresura a comer, quiere estar sana y fuerte antes de emprender su odisea hacia la frontera norte. Le advirtieron que son cuatro días de viaje de El Sásabe, Sonora, a Tucson, Arizona. Las autoridades estadunidenses han identificado la zona desértica entre éstas dos ciudades como uno de los principales puntos de ingreso indocumentado. Aunque su hija Heidi tiene apenas dos años y medio el costo de la “pasada” es el mismo, 20 mil pesos (dos mil dólares) por cabeza. Los Rivera están apresurados por cruzar porque “dicen que van a traer soldados y que ya no van a dejar pasar a la gente…”. “Quieren botar a todos los inmigrantes”, dice la jovencita de 18 años. Van con destino a Florida para trabajar con su mamá en el cultivo de la manzana. Mientras esperan que los pasen a buscar para salir a la una de la tarde, en la casa de huéspedes “Las Palmas”, Heidi corretea por los corredores y juega con otros dos niños que también atravesarán el desierto. En Altar, a una hora y media de la frontera con Arizona, cada vez más padres, madres y niños hacen la última escala antes de “dar el brinco”. La fortificación fronteriza ha tenido impacto directo en la dinámica migratoria, lo que se ha reflejado en el aumento de los cruces por esta zona. En esta área del desierto la Patrulla Fronteriza ha detectado un incremento del 43 por ciento en los cruces en lo que va del año, en comparación al año fiscal 2005. La respuesta de las autoridades ha sido el envío de más efectivos de la Patrulla Fronteriza que se han hecho visibles en las rutas más comunes que siguen los traficantes después del cruce: La ruta 286 y la 86, en el sector Tucson. En consecuencia los traficantes de humanos tardan más en cruzar la frontera en su intento de sortear a las autoridades aumentando el riesgo para los inmigrantes, dice Jim Hawkins, agente de la Patrulla Fronteriza del sector Tucson. “Estamos viendo más mujeres y niños, embarazadas que creen que si tienen a su hijo en los Estados Unidos les van a permitir quedarse aquí”, agrega. El viaje para una familia entera es arduo y difícil. En el desierto sonorense descansan pilas de pañales, carriolas y porta bebés, pistas de esa realidad. “Los niños no resisten”, dice Guillermo Bracamontes, auxiliar de enfermería de la Secretaría de Salud Pública en Altar. “Si van con niños más vale que ni se arriesguen porque se pierden en el desierto”. La deshidratación ocurre más rápido para los pequeños, explica. “Aquí vienen muchas mujeres con chiquillos deshidratados. Vienen con los pies hechos pedazos y torcidos, o llegan con una infección por beber agua de los charcos en el desierto”. Un refugio para el inmigranteTres cruces enclavadas sobre tierra desértica se levantan a tres metros de altura en un costado del Centro Comunitario de Atención al Migrante y Necesitado (CCAMYN), el último refugio del lado mexicano para cientos o miles de migrantes mexicanos y de otros países que buscan cruzar ilegalmente hacia Estados Unidos. En cada cruz se lee la cifra de muertos en el intento de llegar a la “tierra prometida” por los estados fronterizos con mayores flujos migratorios, Arizona: 635; Texas: 1113 y California: 1101. A la entrada del albergue se observa una imponente placa metálica con una oración que empieza así: “A los caídos en los desiertos de la muerte”. El escrito es como una última advertencia de lo peligroso que puede resultar internarse en el desierto. En Altar ya se ha vuelto común ver a familias enteras trasladarse en busca de hijos perdidos, narra el sacerdote Prisciliano Peraza, quien también opera el CCAMYN. “Lo triste es el abandono de los niños. Cuando sus padres se cansan de caminar los agarran en los brazos y se los dan al guía, y allí se quedan”, dice el sacerdote. Algunos niños narran la última vez que vieron a su madre, doblegada en el desierto vomitando, describe el religioso. El padre Prisciliano escucha a los derrotados por el desierto contar espeluznantes narraciones sobre el abuso que sufren a manos de asaltantes fronterizos conocidos como “bajadores”, y en ocasiones las mismas autoridades mexicanas que buscan una “mordida”. “Las vejaciones aquí (en México) son la extorsión, la violación y la mordida”, dice. “Del otro lado los extorsionan con racismo y con burlas”. En sus cinco años de existencia han pasado más de 15 mil inmigrantes por el refugio. La mayoría vienen de estados como Oaxaca, Hidalgo, Veracruz y Guerrero, y se dirigen hacia California, Florida y Arizona, entre algunos estados, según registros del albergue. Una cruz hecha de pequeñas tiritas de papel blanco y violeta documenta los nombres a veces anónimos de quienes fallecieron en su intento: “José Manuel Raygoza Gil. 16 años. Nayarit. Deshidratación. Jesús Torres Santiago. 20 años. Puebla. Asfixia”. Dejar México les duele en el almaMientras el “coyote” o guía se pone en contacto, Omar López Linares, de 18 años, espera pacientemente en el albergue a donde llegó acompañado de su madre y dos tíos. “Mi idea es permanecer allá tres años, luego regresarme para comprar un terreno, construir mi casa y después seguir con mis estudios”, comenta. La familia Linares apenas consiguió que le abrieran las puertas del albergue para entrar a las 7 de la noche. Mirella Linares, de 40 años, jamás pensó en abandonar su querido México. “Quise sacar papeles, pero no se pudo”, dice. Un amigo les habló de la posibilidad de viajar para trabajar en los cultivos en Florida con una visa especial. Sacaron su pasaporte, y viajaron a Monterrey para iniciar el trámite, pero llegaron demasiado tarde, ya estaban ocupados todos los cupos. “Yo entiendo… podríamos cruzar legalmente, pero no podemos esperar…no podemos esperar más”, dice entre lágrimas. La situación se ha tornado tan difícil para ella y su familia que se decidieron a abandonar su pueblo natal de Orizaba, Veracruz. “Allá siempre te estás endeudando”, comenta resignada. “El presidente (Vicente) Fox dice: Yo entiendo a los mexicanos, me preocupan los mexicanos, pero no sabe lo que es vivir con 400 pesos a la semana”. Su hermana Cesiah Linares, de 33 años, y su esposo decidieron unírsele en el viaje después de que su negocio de venta de ropa quebró. “Tratamos de hacer todo por quedarnos en México”, cuenta. Cesiah sabe muy bien a los peligros que se exponen en el desierto, pero confían en que van a cruzar con ayuda de un amigo de su pueblo. No hay vuelta atrás, ni pensar siquiera en que los Estados Unidos los pueda ver como criminales porque “hay que estar en nuestros zapatos”, dice Mirella. “Si Dios quiere no vamos a morir”Filas de camionetas sobrecargadas de candidatos a indocumentados se internan en un camino de tierra que lleva al Sásabe. El viaje hacia su último destino en territorio mexicano lleva una hora y media, sobre terracería. A mitad del camino reciben las recomendaciones de un miembro del Grupo Beta, la agencia a cargo de brindar protección a los migrantes mexicanos y centroamericanos. El agente Héctor Castro se arrima a las vans a preguntarles: “¿De dónde son?”. Un coro de voces responde: “Guanajuato, Puebla, Guerrero, Veracruz, Distrito Federal”. Las personas en el interior de la camioneta lo escuchan inmutables. María, una joven de 16 años con profundos ojos azules viaja con su tío para reencontrarse con su padre Guadalupe, que vive en Virginia y no ve desde hace 7 años. “Mi mamá falleció en México”, dice con los brazos cruzados. El agente Castro continúa dándole las últimas recomendaciones: “No se olviden de llevar agua suficiente… No se separen del grupo…No lleven cosas de valor porque hay personas que están asaltando…”. Las temperaturas en esa zona durante el verano oscilan entre los 38 y 46 grados centígrados (95 a 110 grados Fahrenheit). El calor es abrasador y quema cada centímetro de piel como si estuviera uno en el mismo infierno, platica Rubén Hernández, quien tras dos intentos fallidos se encuentra indeciso sobre volver a aventurarse este verano. “A lo mejor me voy pa’tras y vuelvo cuando no haga tanto calor”, comenta mientras descansa frente a un pequeño televisor en una casa de huéspedes. Sin agua y comida suficientes es imposible atravesar con éxito el desierto arizonense, señala el agente Gerry Widner, del grupo de búsqueda y rescate de migrantes (Borstars) de la Patrulla Fronteriza del sector Tucson. Una vez del otro lado, los que no fueron detectados por las autoridades esperan bajo el sol a que los pase a buscar otra camioneta en un punto designado. Según la Patrulla Fronteriza durante los últimos años se ha incrementado el número de accidentes de tráfico en las “vans” que transportan indocumentados del lado estadunidense. Recientemente en un ejercicio realizado por las autoridades se determinó que las temperaturas en los autos llegan hasta los 115 grados Fahrenheit. “Si Dios quiere no vamos a morir”, dice Mirella Linares, mientras cae la noche en Altar, Sonora. La necesidad en números… 30 a 60 pesos: Casa de huéspedes. 100 a 200 pesos: Viaje en camioneta. 100 a 600 pesos: Hotel. 30 a 150 pesos: Mochila para equipaje. 15 a 25 pesos: Galón de agua. 30 a 50 pesos: Tarjeta telefónica. Mil 500 a cinco mil dólares: Costo del “coyote”. ¿? : “Mordida”

En los pueblos fronterizos como Altar, Sonora se ha visto un aumento en los núcleos familiares que llegan para aventurarse a cruzar el desierto.
En los pueblos fronterizos como Altar, Sonora se ha visto un aumento en los núcleos familiares que llegan para aventurarse a cruzar el desierto.

Valeria Fernández/La Voz





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